Y descubrieron que eran unos genios


Para sus compañeros y maestros eran inadaptados y problemáticos; los diagnósticos atribuyeron su comportamiento a una inteligencia superior


Fotoarte: Emmanuel Urueta

Algunos de estos niños todavía eran invisibles hace un par de meses. Tenían un IQ de 130 a 160 cuando el promedio es de 85 y 115, pero en las escuelas atribuyeron su comportamiento “anormal” a todo menos a su inteligencia. La sociedad los etiquetó de problemáticos, inadaptados, enfermos mentales, berrinchudos, mal educados, rebeldes, consentidos, hasta que sus padres, después de una librar una batalla tratando de encontrar respuestas a las diferencias de sus hijos, descubrieron que no eran malcriados ni trastornados, como el mundo les reprochaba, sólo sobredotados.

Antes de tener el diagnóstico en sus manos, la vida de estos niños se resumía a rechazo, bullying, castigos en clase y depresión.

Son escasos los lugares hechos para niños sobredotados, así que debieron acostumbrarse a que los saltaran de año en la escuela porque las maestras argumentaban que ya no tenían espacio para ellos en el kínder; al llegar a la primaria, se tuvieron que resignar a que nadie quisiera recibirlos y ni siquiera habían cumplido seis años.

A los cuatro, David Rivera Martínez ya leía, así que la única solución que encontraron en el preescolar público, donde estaba, fue emitir su certificado en segundo grado y no en tercero, como marca la ley, para que de esta forma lo inscribieran en la primaria.

A mí nadie me pidió permiso ni me avisó para brincarlo a la primaria. Yo lo vi muy mal, porque estaba muy pequeño, pero las maestras argumentaron que era lo mejor, porque se aburría mucho en el kínder. Se adaptó muy bien a lo académico en su nueva escuela, pero en lo emocional se deprimió muchísimo. De hecho, estuve a punto de llevarlo al siquiátrico de Tlalpan, de tan triste que lo veía. En la primaria me decían que era muy diferente, que no hablaba con sus compañeros y se aislaba”, contó Maribel Martínez, madre de David, un niño sobredotado.

Tanto le afectó a David llegar inmaduro emocionalmente a la primaria, que fue el niño excluido del salón y nunca lo invitaban a las fiestas de cumpleaños.

Me decían que me creía mucho, porque yo pensaba que sabía todo. Y lo tenía claro, no sabía todo, pero sí sabía más que ellos. Una vez me llamaron niño nerd. También me hacían bullying por ser el más pequeño”, dijo David, quien ahora tiene 10 años.

A simple vista, David parece un niño menor a su edad por su corta estatura, pero sólo comienza a hablar y no hace falta interactuar demasiado con él para percibir las notables diferencias con sus pares. Su lenguaje es como de un joven universitario y sus gustos bastante inusuales; le encantan los cuentos del dramaturgo uruguayo Horacio Quiroga, los libros de ciencias, la música de Wolfgang Amadeus Mozart y es magnífico
jugando ajedrez.

Además, conversa pausado y mueve sus manos mientras platica como si estuviera pronunciando un discurso.

Nadie comprendía por qué David no se adaptaba en la escuela. Los otros padres se me acercaban para cuestionarme si mi hijo tenía algo malo, porque en el recreo en lugar de jugar futbol, leía libros de ciencias; los profesores, hartos, me citaban para decirme que mi hijo siempre los corregía e interrumpía en clase. Era muy triste llegar a la firma de boletas, buscarlo y ver que lo habían relegado hasta la esquina del salón para que se callara”, lamentó Maribel.

Los padres de los menores sobredotados que Excélsior entrevistó se quejaron de la violencia que sus hijos han padecido, no sólo por parte de sus compañeros, sino también  de los propios maestros.

A veces los maestros de educación especial pueden identificar muy bien a los niños con problemas de audición, problemas motores, baja visión, dislexia, pero reciben poca capacitación para observar a los niños sobresalientes”, aseguró Janet Sáenz, doctora por la Universidad de Tlaxcala en educación especial y la primera en México que comenzó a detectarlos.

De 1970, cuando inició su labor con los infantes sobresalientes, a la fecha, la doctora Janet Sáenz, ha capacitado a más de 14 mil maestros y padres de familias en congresos, diplomados, seminarios, cursos, entre otros, en más de 18 entidades.

Y aunque la labor de la profesora Sáenz ha sido titánica para sensibilizar a los docentes, también es insuficiente para darle herramientas de detección de niños superdotados a todos los maestros de primaria de México, que son más de 574 mil. Lo peor, es que en lugar de encontrar cada vez más apoyo federal para continuar con las capacitaciones, los recursos durante este sexenio fueron prácticamente nulos.

Andrea Pérez Orozco, madre de otro niño sobredotado, también buscó ayuda profesional, porque para ella ya eran insoportables las etiquetas negativas que le habían puesto a su hijo.

Lo único que uno quiere como madre es ver a su hijo feliz. No pensaba que fuera un científico o un escritor, me preocupaba mucho que Fernando (su hijo) me cuestionara: ¿mamá, por qué la maestra dice que soy el niño más latoso del salón?”, confesó.

En el momento en que Andrea se preocupó mucho por la mala percepción de su hijo en la escuela fue durante un concurso de cálculo mental.

Fer se sacó el primer lugar en cálculo mental, pero llegó llorando a la casa y sin su medalla. Entonces le pregunté por qué se la había quitado y me dijo que su maestra le había dicho que no se la merecía, porque si hicieran un concurso de conducta él se sacaría el último lugar. Fue muy triste verlo así, creo que ninguna escuela pública ni privada está capacitada para entenderlos”, reprochó.

Entre los mayores miedos de la señora  Andrea  están que su hijo no se adapte a un mundo tan distinto a él. A los cinco años ya pedía leer “La Cabeza de Villa”, un libro de casi mil páginas y odiaba las canciones infantiles, pues su disco favorito era el de la banda alemana de metal “Rammstein”.

Si para Maribel Martínez y para Andrea Pérez encontrar soluciones para sus hijos había sido toda una batalla, para Juan Manuel De Anda, padre de cuatro niños sobredotados, había significado la guerra.

La vida de estos tres padres cambió y comenzó a cobrar sentido cuando llegaron al DIF de la Ciudad de México, al Proyecto para Integración y Diagnóstico para la Atención a la Sobredotación Intelectual (PIDASI).

En PIDASI aplicaron varias pruebas a sus hijos: psicométricas, entrevistas y de habilidades, en las que los sicólogos les explicaron que el “extraño” comportamiento de los niños se debía a la sobredotación.

Algunas veces el rechazo en clase es porque los profesores no saben cómo orientar a estos alumnos. Entonces, los niños al sentirse incomprendidos, se asimilan diferentes y eso sus compañeros lo perciben. Por eso, les cuesta trabajo socializar, acarreándoles graves problemas emocionales”, explicó Berenice Candia, sicóloga de PIDASI.

Como David, son muchos los niños  deprimidos que han llegado al DIF.

Cuando me explicaron que era sobredotado, me respondí ‘ah con razón’, y ya todo encajaba”, dijo David.

En 2014, nació este proyecto piloto del DIF capitalino para apoyar en lo intelectual y emocional a los niños con sobredotación durante tres años.

En el área emocional, trabajamos cuatro ejes fundamentales que son la tolerancia, la frustración, el manejo de la impulsividad y la paciencia. La mayoría de los superdotados son muy desesperados porque entienden todo muy rápido, por eso es necesario que comprendan que en la vida todo tiene procesos y que no significa que la realidad va a ir a la misma velocidad de su mente”, comentó Federico Silva, coordinador de talleres psicopedagógicos de PIDASI.

En el primer año, los pequeños se asimilan sobredotados; en segundo año, descubren cuáles son habilidades: matemáticas, artísticas, lingüísticas, biológicas, deportivas, musicales, sociales y/o personales; en el último ciclo, desarrollan un plan de vida.

La apuesta de PIDASI era crear una metodología que no invadiera los aspectos educativos de los niños, porque esa facultad sólo la tiene la Secretaría de Educación Pública. Lo primero era que entendieran el porqué son diferentes a los demás. Luego, cómo poder enfrentarse a la sociedad cuando tienen un desarrollo superior”, argumentó el director general del DIF de la Ciudad de México, Gustavo Gamaliel Martínez Pacheco.

Una vez por semana, los pequeños sobredotados y sus papás tienen una cita en la sede del DIF Iztapalapa.

Cuando vengo los miércoles me apuro mucho porque quiero ver a mis amigos y a mis profesores”, aseguró Tabatha De Anda de 10 años, quien sueña con ser presidenta de México para acabar con la corrupción.

Mientras los niños toman clases para aprender a vivir con capacidades intelectuales extraordinarias, sus papás van a la escuela de padres con el propósito de saber orientarlos.

Cuando fui a las pláticas con otros padres, descubrí que no era el único con estos problemas. Que lo que vivo con mis hijos, otros también lo están sufriendo. Los sicólogos nos han ayudado a manejar nuestras propias emociones y a establecer límites claros para poder enseñarlos a adaptarse”, comentó Juan Manuel De Anda, papá de Tabatha De Anda.

Para cada uno de los niños sobredotados existe un antes y un después de PIDASI.

Antes estaba deprimido; era miedoso; un exagerado, que si sacaba ocho de calificación, lloraba; era un berrinchudo; ahora ya no tengo miedo, bueno un poquito, un 25%, y tengo amigos. Definitivamente esta nueva personalidad la conseguí gracias al programa. Si PIDASI fuera una persona, le diría: eres mi alma”, aseguró David, uno de los sobredotados.

Este proyecto ha sido la solución, sobre todo, para los padres de escasos recursos, como Maribel Martínez que si en ocasiones no reunía el dinero de los pasajes para llevar a David al DIF, mucho menos contaba con recursos para pagar sicólogos ni clases particulares para satisfacer su sed de conocimiento. “Si no existiera este programa y no fuera público, yo no sé qué hubiera sido de mi hijo. Las clases de ajedrez cuestan mil 500, mientras que aquí las tienen de forma gratuita, eso es lo que más agradezco”.

Sin embargo, afuera todavía existen miles de historias como la de David, Fernando o Tabatha, que están etiquetados o deprimidos por no ser diagnosticados; PIDASI, como el proyecto piloto que es, aún no cuenta con recursos propios, tiene una sola sede ubicada en Iztapalapa y escasos 300 lugares, cuando se calcula que en la Ciudad de México un 2% de los 2.5 millones de niños nacen con sobredotación.