El cerebro de los amantes de las películas de terror es distinto al promedio


Traducido por Luis Felipe Cedillo. Editado por Giselle Rodríguez. Copyright © 2011 Dow Jones & Company, Inc. All Rights Reserved.


31 de octubre — El rostro de la joven aterrorizada se desfigura. La sombra del acosador con el hacha levantada avanza lentamente. Su corazón empieza a latir más rápido al ritmo de la música mientras usted se retuerce en el asiento del cine. Entonces, la silueta del hacha empieza a descender vertiginosamente. . .

¿Realmente ésta es su idea de pasar una noche divertida en el cine?

Por mucho tiempo, los psicólogos han elaborado teorías acerca de por qué ciertas personas disfrutan las películas de terror y han identificado “personalidades que buscan las emociones fuertes” que se ven atraídas por las montañas rusas, las apuestas y los deportes extremos.

Muchos también tienden a gravitar hacia los empleos cargados de adrenalina como los corredores de bolsa, los pilotos de pruebas, los neurocirujanos y los que desactivan bombas, de acuerdo con algunos estudios.

Ahora, los científicos neuronales están encontrando diferencias biológicas en el cerebro de las personas que aman las nuevas sensaciones y los que les huyen.

“Los seres humanos son los únicos organismos vivientes que buscan cosas que los espantan. Tenemos que preguntarnos, ¿qué beneficios nos reportan tales situaciones?” dijo David Zald, profesor de psiquiatría y psicología de Vanderbilt University en Nashville, Tennessee.

En un estudio de 2008, el Dr. Zald y sus colegas de 2008 encontraron diferencias clave en la manera en la que los cerebros de las personas que buscan emociones fuertes y los de quienes las evitan manejan la dopamina, el compuesto químico del placer y la recompensa.

Hicieron que 34 voluntarios respondieran un cuestionario en el que se evaluaba qué tanto gustaban las personas de las nuevas sensaciones y después les practicaron escaneos cerebrales. Aquellos que evitaban las emociones fuertes presentaron más receptores de dopamina, los cuales actúan como frenos para el compuesto químico del placer. En contraste, quienes disfrutaban las emociones fuertes, tenían pocos de esos receptores.

El Dr. Zald especula que esta tendencia de buscar nuevas sensaciones fue importante en la evolución: los humanos que buscaban nuevas experiencias pueden haber tenido mayores probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes.

Y esta tendencia es aparente con frecuencia en la infancia temprana. El Dr. Zald dijo que los padres de niños que buscan emociones fuertes con frecuencia piden consejo sobre cómo satisfacerlos (él les recomienda el ascenso de rocas con supervisión estrecha).

También pueden existir diferencias genéticas. En 2008, investigadores de la Universidad de Bonn, Alemania, encontraron que las personas con una variación particular en el gen conocido como Compt, el cual afecta un compuesto químico cerebral vinculado con la ansiedad, tienden más a sentirse perturbados por las imágenes atemorizantes. En contraste, quienes tienen dos copias de la variación del gen, encontraron particularmente difícil mantenerse al tanto de su ansiedad.

En lo más básico, el temor es un sistema de advertencia temprano que percibe una amenaza y nos da tiempo para huir o tomar el sartén más cercano. Las imágenes, los sonidos –y hasta los olores– que asociamos con el peligro las registra la amígdala, la estructura primitiva con forma de nuez que se encuentra cerca del centro del cerebro.

Ésta hace que el cuerpo reaccione completamente en milisegundos, liberando hormonas que preparan al cuerpo para la acción. Esa cascada de hormonas incrementa el ritmo cardiaco, bombea más sangre hacia los músculos mediante la vasoconstricción y aplaza la realización de funciones que no son de emergencia como la inmunidad y la digestión.

Todo eso sucede sin que el impulso pase por los centros del cerebro que manejan el razonamiento, de acuerdo a investigaciones de Joseph LeDoux, director del Center for the Neuroscience of Fear and Anxiety en Nueva York. En resumen, el temor hace que los seres humanos primero corran y después evalúen la amenaza.

Experimentos en los que se monitorea a los aficionados al cine han encontrado que sus corazones se aceleran y su piel suda durante las escenas aterrorizantes, como si ellos mismos estuvieran sintiendo temor. “La mente puede imaginar cosas hasta el punto en el que el cuerpo piensa que son reales”, dijo Raymond Mar, profesor asistente de psicología en York University en Toronto y quien estudia la ficción y la neurociencia.

El temor puede ser fatal. Martin A. Samuels, jefe de neurología en Brigham and Women’s Hospital en Boston, ha recabado cientos de reportes de personas cuyos corazones han dejado de latir repentinamente durante momentos de estrés o emoción extremos.

“Los músculos cardiacos se contraen de manera involuntaria siguiendo un patrón característico, y no se relajan debido a la enorme andanada de hormonas del estrés”, dijo el Dr. Samuels, quien piensa que muchas víctimas de desastres pueden fallecer por temor más que por las lesiones, aunque es difícil obtener pruebas en las autopsias.

Los investigadores han notado un incremento en las muertes cardiacas repentinas después de terremotos y otros desastres. Por ejemplo, el número normal de ataques del corazón se triplicó en 11 hospitales de Worcester, Massachusetts los días 11, 12 y 13 de septiembre de 2001, después de los atentados terroristas, de acuerdo a un estudio publicado en la revista American Journal of Cardiology.

Las personas también sufren ataques cardiacos repentinos en momentos de extrema felicidad o excitación –como hacer un hoyo en uno en el golf o al ser exculpados de un crimen.

En casos excepcionales, las personas han tenido reacciones fatales en situaciones increíbles. Una mujer de Wichita, Kansas, murió de un aparente paro cardiaco cuando veía la película de 2004 “La Pasión de Cristo”, con su descripción de la crucifixión, y por lo menos dos niños han muerto de un susto en juegos mecánicos de parques de diversiones.

Sin embargo, algunos científicos piensan que algunas personas aman las películas de terror precisamente porque representan un contexto seguro en el cual experimentan sensaciones de miedo extremo. “Áreas como la amígdala responden a las experiencias y generan una reacción”, dijo el Dr. Zald. “Tenemos suficiente control como para saber que no estamos en peligro y equilibramos la generación de adrenalina”.

Otra explicación sobre el atractivo que tienen las películas de terror puede ser la denominada “teoría del apapacho”.

En un famoso experimento de 1986, el psicólogo Dolf Zillmann de Indiana University entrevistó a 36 parejas de estudiantes después de mostrarles partes de la película de terror “Friday the 13th” (Viernes 13). Entre más angustiada se sentía la dama, más atractiva la encontraba su pareja, y entre menos angustiado estaba el hombre, más atractivo lo encontraba la dama en cuestión.

Mary Beth Oliver, co-directora de Media Effects Research Laboratory de Penn State University, argumenta: “Ir a ver la película más aterrorizante de la ciudad da a él la oportunidad de ser el protector, y a ella la oportunidad de demostrar su empatía y su necesidad de compañía”, dijo.

“Aunque no estoy particularmente orgullosa de admitirlo, eso fue exactamente lo que hice en mi primera cita”, dijo riéndose.


Melinda Beck